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domingo, 12 de noviembre de 2023

00.41 EL FLAGELO DE LA MODERNIDAD.







La negación de Dios y la trascendencia humana con la consiguiente exaltación de lo humano y el hombre, son la piedra fundamental de la existencia definitoria de la modernidad. Los pensadores que pretendan quitar lo real en su totalidad de interdependencia y poner las acciones, formas de pensar y de actuar de los hombres, caen en el absurdo de creer que somos, estamos y vivimos sin más substrato que nuestra potencia de ser y hacer: mágnum error; la vida, nuestra vida y todas las vidas tienen necesidad, como “conditio sine qua non”, de todo lo demás que se les da a cada instante, de manera gratuita. Es una abstracción totalmente errónea, absurda y peligrosa, para el pensar y ser de la humanidad, desvincularse de aquello que le ha permitido, le permite y le permitirá ser. “Nihil sine ente”. Nada sin el Ser donde “vivimos, nos movemos y existimos” (San Pablo, Hechos 17:28). La garantía en el pensar, hacer y ser, pasa por aceptar la globalidad de todo aquello de lo cual dependemos físicamente e, inmensamente más, de lo espiritual que da vida, sentido y existencia a TODO. Durante unos dos siglos, más o menos, las corrientes de pensamiento post-cartesiano, han insistido en centrar la realidad del "todo" filosófico, espiritual y de sabiduría en lo humano y en su bagaje de conocimientos limitados y limitantes. Se trataba, principalmente de retirar, del pensamiento, costumbres y actos sociales de  los hombre, sobre todo en occidente, del dominio impuesto por la costumbre  religiosa y una serie de hábitos seculares y sociales  condicionados “at forza” por una serie de personas, instituciones y escuelas formativas que predominaron, durante esos siglos, de una manera hegemónica. La verdad de la religión, la Verdad de Dios, no está en lo creado por el pensamiento humano, éste trata de llegar, lo más cerca posible de la dimensión de Dios y así llenar el vacío de la existencia humana; la cual librada a la “adoración” de su conocimiento, no tiene otra salida sino la ausencia de la Verdad en su sentido más auténtico y grande.
La modernidad, espantada ante la ausencia de definiciones trascendentes, universales e inmortales, busca, desesperadamente, redención; algo que le dé y asegure la permanencia de lo infinito en nuestra dimensión; pero no lo logra: se habla de “entrar en la historia” de la “inmortalidad en los recuerdos” de “ la permanencia constante en las formas sociales de aquellos que vendrán”, pero todas esas ilusiones son viento de estepa que hoy sopla y mañana se calla. Nuestro ser real: el yo en el cual vivimos, no acepta ser  recuerdo, quiere la permanencia existencial en la dimensión de conciencia que nos forma, interpreta y alienta nuestro ser aquí o en otro lugar: pero para siempre. Sin ello el vacío no se puede llenar, pues tenemos conciencia de ser; y no uno cualquiera, sino YO en mí mismo, sin haberlo deseado, pedido o pensado. Cualquier ser humano si se detiene a meditar en su esencia de ser y se siente a sí mismo existiendo, no puede menos de tener la seguridad de ser él y no el otro; eso sí, con comunicación continua, interdependencia y convivencia con los otros "yos" que nos rodean y en los cuales, al amarlos, ayudarlos y sufrir con ellos, se realiza, expande y enaltece nuestro propio yo. Somos de una manera que no podemos penetrar; sólo tenemos, algunas veces, atisbos de nuestra dimensión interior, personal e inmerecida. Sólo Dios, con Él y en Él nuestro ser halla su plena totalidad y realización, pues en Él que es TODO, se hace realidad, en nosotros, todo lo que podemos llegar a ser.


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